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Category Archives: ReflexiOscar

Hoy me escribía con la Pache , y en un arranque de sinceridad empezamos a hablar de nuestros amores cuáticos. El mío -como no- Cárdenas, y el de ella un señor que tendré que mantener anónimo. El asunto es que éste diálogo me sirvió pa darme cuenta que esos amores que te dan vuelta la vida son los que seguramente más te duelen, cuando permites que así sea. Y como lo normal es que tengamos tendencia al mazoquismo, cerramos con filas de gente con heridas a la altura del pecho. Hay factores comunes, como por ejemplo que son todo lo que tú no eres, pero si hay algo que aprendí hoy de la vida (gracias Pache por eso), es que muchas de esas veces de lo que nos enamoramos no es de la persona en sí, sino de esa imagen que proyectan, y que nosotros ansiaríamos tener. Creo que esas personas son especiales justamente por la capacidad de admiración que generan en su núcleo, y de ahí que sean los que se recuerdan con más cariño o más dolor, dependiendo de que tan filósofos nos pille la vida.
Creo que eso me pasó en su momento, y hoy mucho tiempo después empiezo a aprenderlo. Me faltaba usar el corazón. No era tan difícil.

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Empiezo este blog a las dos treinta y ocho de la tarde, y como siempre, lo primero que hice fue mirar los diarios. Es increíble la capacidad de abstracción de lo cotidiano que se puede lograr sin televisión ni radio, pero internet me avisaba que era hora de leer la gran cagada de Londres, la misma ciudad que anteayer fue elegida como sede de los Juegos Olímpicos del 2012, y en el mismo país donde se reúnen los presidentes de las 8 economías mas grandes del mundo. El terrorismo atacó por la espalda, y con sus bombas en el metro y las micros, se fueron 37 inocentes, que son la consecuencia de lo mal que funciona la política en algunos países.

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Antes fueron casi 200 en España. Y aún antes, mas de dos mil quinientas en Estados Unidos. Con “líderes” como éstos, que en vez de soluciones siguen manteniendo a su población en un “corral del miedo” con discurso facilista y barato, difícilmente la muerte va a parar.
Solidaridad y pesar a Inglaterra desde Buenos Aires.

El instinto de supervivencia dice que si te caes, que si sufres, que si estás mal, haces lo que sea por revertirlo.
Un chileno, allá lejos, mucho más que quien escribe, un día tropezó, quedando con esa sensación amarga del amor frustrado. Lo pasó mal, sufrió. Fue la víctima perfecta de eso que alguien decidió llamar circunstancias. Y como él en su escencia es un tipo romántico, se inventó la oportunidad de reivindicarse con la vida y decirle en su cara que no le importaba cuantas veces lo tumbara, sencillamente porque había decidido dejar de sufrir. Le dijo a esa vida que iba a seguir luchando por estar mejor que como lo había dejado la ultima vez y fue ahí, claro está, en que su cuerpo cambió de posición, de actitud, de energía, y se dispuso a enfrentar de nuevo a la calle y sus miradas, a un entorno que lo vio mal y que en una actitud muy humana lo dejó, porque a nadie le gusta cargar con las penas del otro, o porque nadie en el mundo era capaz de ayudarlo a salir.
La vida tiene revanchas y este tipo un día decidió dejar de llorar y sufrir y sólo entregarse al ejercicio de estar. Y ahí fue como su escencia atrapó nuevamente a alguien que igual que él, flotaba en esas aguas densas y oscuras del desamor. Se ayudaron mutuamente a levantar, se contaron sus historias, ambas llenas de sorpresas y descubrimientos. Se aceptaron tal y como son, tal y como la vida los tiene con penas, cargas, amores y deseos. Y se empezaron a amar.
Son de esas historias que dan para contarlas mucho rato, mucho tiempo. Pero lo importante de este relato es que la vida, esa que un día le negó la sonrisa a este chileno, tan mexicano como sus expresiones, se había reconciliado y le estaba dando la oportunidad de levantarse. Porque para eso nos caemos. Para entender qué está mal y a partir de eso, volver a empezar.

Según supe, la tormenta en Chile está pasando. Y lo supe, porque anoche se cayó el cielo en Baires, que es el receptor natural de las grandes cagadas climáticas del Pacifico. Y le comencé a dar vueltas a que la lluvia tiene un efecto especial quizás en la gran mayoría de los “humanos”: nos ponemos reflexivos, algunos melancólicos, y los más con una hipersensibilidad que dan ganas de putear a la señora del almacén porque les dio 20 gramos menos de queso. El asunto es que anoche, por primera vez, pensaba (sí, pienso!!!) en lo húmeda que se ponen las sábanas y el ambiente cuando llueve en la ciudad, algo que sale completamente de mis parámetros conocidos. Pensar cosas que tienen respuesta es algo que me pasa poco, y me gusta. Quizás los treinta al fin me están empezando a decir que es tiempo de crecer y dejar el existencialismo tal cual lo he logrado construir.

Debo hacerles una confesión. Vivir en Buenos Aires es increíble. Las chicas son guapísimas (aunque los calvos como yo tenemos cero oportunidad con ellas), la comida es excelente y además barata, tiene vida de barrio y se percibe cordialidad en la gente cuando uno necesita de ella. Pero si hay algo con lo que me cuesta vivir acá es con el clima. El verano fue sencillamente insoportable, con temperaturas de 38 grados, una sensación térmica de 40 y con una humedad que muchas veces era del 100%. Pero si hay algo que es aún más complejo es la presión atmosférica. Acá es más alta que en Santiago, y eso para mi es desastrozo. Ya estarán preguntándose algunos que puede convertirme a mi en un ser especial que se siente afectado por ese factor. Pues bien, la verdad es que desde hace casi tres años vivo con una hernia. Si, una de disco en la zona lumbar y que en esta ciudad me tiene muy complicado.
Mi día parte bastante bien, pero a medida que las horas pasan el dolor aumenta proporcionalmente. Días atrás andaba por el sector del Abasto, y sencillamente no pude seguir caminando. Es como que la pierna (derecha), se negara a seguir funcionando, se rebela, y a mi me deja con ganas de moverme, pero sintiendo que finalmente no somos nada sin todo el cuerpo funcionando.
Porqué les cuento esto?. Pues bien, sólo porque como este es mi “especie de diario”, creí que valdría la pena citarlo. Aunque la verdad es que en cama, tratando de reposar, no me van quedando muchas alternativas para entretenerme.

Esto es una doble contribución. Mi amigo Siburo desde México lo mandó y es algo que publicó Javier Fuica en alguna parte que ya no recuerdo:

A riesgo de parecer un poco lento, debo confesar que hace muy poco me di cuenta que los viajes están constituidos en buena parte por el regreso. Y que el regreso es, al menos en mi caso, uno de los buenos momentos del viaje. No hablo de recoger los diarios que se amontonaron en la entrada o de ordenar el correo y pagar las cuentas. Es otra cosa, que supongo tiene que ver con la constatación de que el mundo siguió girando, que el vecino echó abajo el árbol donde solían pararse esos malditos loros argentinos y que hay un hoyo nuevo en la calle por la que vas al trabajo. En el fondo, creo que soy demasiado convencional: me gusta salir de mi rutina, de mi útero, lo haré mil veces más, pero esas mil veces pretendo volver.

Es obvio que hay muchas más razones para viajar, el simple hecho de regresar no es el único motivo. Pero concordemos en algo al menos: así como puedes llegar e irte de muchos sitios, sólo hay un lugar al que puedes realmente volver. Podrás hacerlo con la frente marchita y muchos años después, como en el tango, o quizá lleno de bolsas de duty free o de tatuajes, allá tú, pero el punto es que en algún minuto vas a regresar. Y podría apostar a que lo vas a disfrutar. He escuchado incluso a gente que ha vuelto por razones tristes, como el funeral de un pariente, agradeciendo la oportunidad.

¿Pero qué pasa con los que no vuelven? Tengo algunas teorías. A) nacieron en el lugar equivocado, y por lo tanto el viaje que parecía de ida, era en realidad de regreso; B) nunca se han ido del todo: tengo un amigo en Québec y otro en Buenos Aires, y ambos están mejor informados que yo acerca de lo que pasa en Santiago; ninguno de los dos piensa en volver, para qué, si nunca se han ido; C) son menos evolucionados, o quizá sufren una extraña y ancestral forma de nostalgia: se sabe que antes de descubrir la agricultura y ser sedentario, el hombre fue nómada; D) simplemente se enamoraron – de un lugar, de una persona, de una forma de vida- y volver les significaría irse; E) todas las anteriores.

Para mí el asunto va por el lado de la letra E. Así como no hace falta ninguna gran razón para hacer un paréntesis e irse por un rato, de vacaciones por ejemplo, para irse sin vuelta es necesario que haya muchas razones. Sólo una fuerza muy poderosa hace que uno abandone su lugar en el taco de las siete de la tarde y la dosis diaria de esmog y bocinazos. Hace algún tiempo, en esta misma revista, el escritor Jorge Edwards escribió que éramos viajeros inmóviles, dulcemente condenados al regreso. Que viajábamos para conocer mundos, pero sobre todo para conocernos a nosotros mismos, ayudados por la distancia. Imposible no estar de acuerdo.

Por eso mismo, no entiendo del todo a esa gente que se queja al final de un viaje, que reclama porque todo terminó y tiene que volver a casa. Es raro. ¿Por qué no quieren volver a sus cosas, a su vida? Quizá tenga que ver con la agradable y despreocupada evasión que proporciona el agarrar una mochila y largarse. En ese sentido, el viaje es como dormir, sólo que en este caso los sueños son más vívidos y hasta puedes sacarles fotos. De hecho, yo también me he pillado reclamando al final de un viaje, cuando la verdad es que la idea del regreso – repito- no me parecía nada mala, todo lo contrario. ¿Será, acaso, que todos decimos que nos carga volver para no parecer niños-turistas y vernos en cambio como adultos-viajeros? En realidad, no importa.

Ultimamente he notado que las cosas se empiezan a repetir en mi vida. Eso de que todo es un ciclo lo creo fielmente, porque soy un protagonista recurrente de ese hecho astral-filosófico-casuístico, que cada vez que ocurre lleva dentro de cada uno de nosotros la frase “esto ya me pasó una vez”. Al grano. Las deudas de Baires son casi las mismas del Santiago pre viaje (una cama, el teléfono, cuentas varias). A eso debo sumarle, por cierto el estado de la cabeza. Siempre fluctuante, ésta vez me tiene contento, en una racha que trato de aprovechar, aunque las condiciones a veces sean difíciles. Muchas rabias con personas que no debería, pocas rabias con personas que si debería. En fin. Y como guinda a la torta, debo colocar el trabajo. Renuncié a uno que tenía en Chile porque dejaron de creer en mi, y porque las indecisiones en los grandes temas eran demasiadas para seguir jugándosela. Acá pasa algo similar. Llegué a un lugar en que me tratan bien, me siento por lo general aceptado y hasta querido (curiosa definición). Pero me está empezando a costar el tema de como lidiar con el desorden, la indecisión, las dobles órdenes y las eteeeernas explicaciones que sólo los argentinos pueden ser capaces de construir.
La reflexión de fondo (o de medio fondo la verdad), es que creí que yéndome a otro país iba a encontrar maneras diferentes de sentir la vida, pero hasta el momento nada de eso pasa. Quizás tenga que ver con algo de ansiedad, y hasta de disconformismo. Pero lo cierto es que mientras más estoy en Buenos Aires, más tengo la sensación de que esta ciudad se está empezando a parecer terroríficamente a esa que decidí dejar. Dependerá de mi darle una vuelta?, debo dejar que las estrellas giren para acercarme a alguna parte?. Quien sabe.

Estoy en el Subte. Estoy medio atrapado. Pero no porque tenga alguna complicación con mi cabeza, no. Más bien porque los chicos del Subte están en paro. Si, este es el país de los paros. El de hoy es en solidaridad con los trabajadores de la linea aérea estatal. Nadie de los que llena el tren que está parado en la estación Olleros entiende mucho lo que pasa. Sólo están molestos y acalorados, porque si hay algo que es insoportable aquí es el calor que hace en el Subte, y a partir de hoy para mi, los paros sin sentido se suman.
Hoy quería llegar temprano a la casa para poder dormir. Y este grupito de “trabajadores” me lo impidió. Feliz saldría del carro y usaría otro medio de transporte, pero desde el lugar en que estoy no se que colectivo tomar, y plata para taxi no tengo.
Trato de entender la lógica con que operan los sindicatos de acá, y es sumamente difícil. Es muy sano que exista un movimiento de trabajadores sólido y que al menos en apariencia, den la sensación de unidad, pero eso contrasta fuertemente con las ganas que tienen la gran mayoría de los argentinos de superar los tiempos duros. No sé, quizás necesito más horas de taxis, colectivos y subtes para lograr entender la necesidad que tienen acá de agrandar y complejizar todo lo que les pasa.
Tarea para la casa.

Por alguna extraña razón hoy empecé a divagar sobre el real valor de la amistad. Esta semana estuvo Ballestrazzi acá y las horas que compartimos juntos las sentí como unas más de todas las que llevamos en el cuerpo . Fue como si sólo hubiera dejado de verlo hace tres días, no tres meses. También pensé en Flores, en su trabajo, en las penas que sin duda carga. En sus reservas, en su perro muerto, y en las canas que acumula su cabeza adulta. Martín, como no, en el maravilloso estado de despertar del letargo y poder sentir que las cosas se pueden disfrutar a concho, para bien o para mal, pero con intensidad y no con perjuicio.
Por unos minutos volvimos a ser cuatro mientras revisaba unas fotos que tomamos mientras compartimos departamento. Y ahí estaba el apretón de guata, los ojos llorosos, y toneladas de idioteces que hemos vivido juntos. Desde los “sábados cochinos”, hasta el FICS. Desde la eterna Pizza Stop, hasta las empanadas de El Rápido. Desde encontrar la palabra rebuscada del día, hasta un emocionante “no olvides que aquí vamos a estar siempre”.
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De chico pensaba que la amistad era una cosa pasajera, como tener hermanos que cuando crecen se desaparecen. De grande he ido aprendiendo que la amistad es como un juego. Pero uno en que todos ganan o todos pierden. Afortunadamente soy de los ganadores, porque encontré no a uno, sino a tres que sé que están ahí, independiente de la frecuencia de las llamadas, de las largas o cortas conversaciones, incluso hasta de lo bien o mal que hablen de uno o de otro.
Escribo esto porque la nostalgia que me provocaron esas imágenes valía sin duda la pena expresarla. Y también porque era necesario decirle a esos tres que están lejos, pero tan, tan cerca, que se acuerden que en Baires hay un idiota que los quiere mucho.
Gracias por estar chicos.

Hace meses que tenia una deuda pendiente conmigo mismo, y fue tiempo de pagarla. Estoy en Santa Fé en un lugar llamado Bond Street, una especie de shopping del tatuaje, las cadenitas y la ropa oscura. Vengo a hacerme un piercing. O mejor dicho, a agregarme uno. Mismo lugar, misma motivación. Encontré a través de estos “aritos” una forma de sacarme los dolores de encima.
Esto está lleno. Admito que es una moda tatuarse o llenarse de metal algunas partes del cuerpo, y soy sólo uno más de todos los que esperan aquí sentados su turno.
Quizás aquí hay más gente que como yo, busca sacarse algo de encima, o agregarle un sentido al acto de intervenirse el cuerpo.
Hasta se podría decir que todos llevamos de una u otra forma un grado de temor en lo que vamos a hacer.
Mis manos sudan y a ratos muevo un pie con ritmo insistente. Me llaman y las imágenes pasan por mi cabeza. Recuerdo con preocupante claridad el día de mi primer piercing. Pensaba en Cárdenas, en que me dolía profundamente el pecho. Que la pena que llevaba era tan grande que no sabía si el dolor de esa pieza de metal iba a ser capaz de ponerse a la altura de lo que tenía dentro.
Sentí profundamente el apretón y el pinchazo y ahí entendí que ese momento era liberador. La pena era ahora un trozo de titanio negro en mi ceja izquierda. No un corazón que se deshacía a pedazos y con el peor de los dolores…
Hace meses que tenía una deuda pendiente conmigo mismo. Hoy nuevamente la estoy pagando.