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Monthly Archives: May 2005

Vivo en Argentina. En Buenos Aires. En Capital Federal. En San Telmo. Creo que cada día que pasa me cuesta menos entender la ilógica que envuelve a algunas calles de acá, a los barrios, a su gente. Ayer sin embargo, caminaba por el sector de Belgrano, y lo más curioso es que después de unas cuantas cuadras (y hasta un puente sobre una vía férrea), llegué exactamente al mismo lugar. Me sentí el ser humano mas idiota del mundo. Yo, el que otrora se jactaba de ser medio “brújula” por la innata capacidad de ubicarme en los espacios. Si hasta la primera vez que vine a Baires estaba plenamente ubicado!. En fin. Alguna vez comenté lo diversa que es la gente y lo homogénea que se le percibe por las calles . Algo así pasa en San Telmo, barrio que está en el casco histórico de la ciudad. Una mezcla de Valparaíso, Santiago Poniente y Bellavista. Un sector que congrega de lunes a lunes a cientos de turistas que deciden conocer los incios de la Argentina que en castellano antiguo se escribia con una “H” al principio. Para ellos hay de todo. Restoranes italianos, franceses, mexicanos. Las clásicas parrilladas, y hasta los siúticos, pero exquisitos sushis.

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Hace unos días, mientras iba rumbo al Subte, no pude dejar de pensar en qué es lo que realmente hay para los que vivimos acá. Este es un barrio de inmigrantes, así que la cosa cultural es muy transversal. Para nosotros existe un supermercado llamado “Manyi” -ordinario como pocos- y donde el personal hasta se da el lujo de flirtearse entre sí mientras antienden clientela. Al frente está la pastelería Independencia, que debe ser la que vende las mejores medialunas y facturas del sector. Y también están los almacenes, pero que acá venden desde el zapallo hasta el mas tóxico de los vodkas. Uno argentino, no recuerdo la marca, pero cuyo sabor debe ser más parecido a la nafta que al destilado creado por los siberianos. Lo digo muy prejuiciosamente, claro está. Nunca lo tomé, sólo que con mirar su aspecto (y su precio, unos 1000 pesos chilenos), me formo la peor de las impresiones.
Acá pasa algo raro con el alcohol. Los impuestos son tan fuertes para los destilados, que en los barrios populares practicamente no los conocen. Preguntar por un Johnnie Walker etiqueta roja es casi un sacrilegio. Y cuando los encuentras, también te sorprendes de lo caros que pueden llegar a ser.

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Lo otra curiosidad de San Telmo, es que todas las cosas (o casi todas para ser justos), empiezan con el nombre de este pobre señor. Encontramos entonces el restaurante “Sr.Telmo”, la feria de antiguedades “Don Telmo”, el museo de San Telmo, el albergue para estudiantes “Villa Telmo”, y el club de tango “Donde Telmo”. Pero el más curioso de estos exponentes es a mi juicio el “Club de Video Telmo”. Queda a la vuelta de mi casa y la verdad es que no está tan mal dotado de películas (de las taquilleras y una que otra independiente). Lo curioso de este videoclub son sus horarios y su dueña: abre de 11 de la mañana a 1 de la tarde, y de cuatro de la tarde a 9 de la noche. Toda una gerenta esta dama, que además demuestra un conocimiento de las películas que realmente sorprende. Más de una vez la he escuchado recomendar una película dándole el adjetivo de “bárbara”, sin agregar nada más para hacer mas atractivo el arrendar. Cobra barato por el alquiler, pero entre sus “detalles” es que reta, e incluso echa a gente de su local, hasta el mismo día en que se están haciendo socios. Todo un personaje.
Además de ella, hay otras curiosidades, pero son tantas y todas tan entretenidas que creo que dejaré espacio para más. No desespereis.

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Esto es una doble contribución. Mi amigo Siburo desde México lo mandó y es algo que publicó Javier Fuica en alguna parte que ya no recuerdo:

A riesgo de parecer un poco lento, debo confesar que hace muy poco me di cuenta que los viajes están constituidos en buena parte por el regreso. Y que el regreso es, al menos en mi caso, uno de los buenos momentos del viaje. No hablo de recoger los diarios que se amontonaron en la entrada o de ordenar el correo y pagar las cuentas. Es otra cosa, que supongo tiene que ver con la constatación de que el mundo siguió girando, que el vecino echó abajo el árbol donde solían pararse esos malditos loros argentinos y que hay un hoyo nuevo en la calle por la que vas al trabajo. En el fondo, creo que soy demasiado convencional: me gusta salir de mi rutina, de mi útero, lo haré mil veces más, pero esas mil veces pretendo volver.

Es obvio que hay muchas más razones para viajar, el simple hecho de regresar no es el único motivo. Pero concordemos en algo al menos: así como puedes llegar e irte de muchos sitios, sólo hay un lugar al que puedes realmente volver. Podrás hacerlo con la frente marchita y muchos años después, como en el tango, o quizá lleno de bolsas de duty free o de tatuajes, allá tú, pero el punto es que en algún minuto vas a regresar. Y podría apostar a que lo vas a disfrutar. He escuchado incluso a gente que ha vuelto por razones tristes, como el funeral de un pariente, agradeciendo la oportunidad.

¿Pero qué pasa con los que no vuelven? Tengo algunas teorías. A) nacieron en el lugar equivocado, y por lo tanto el viaje que parecía de ida, era en realidad de regreso; B) nunca se han ido del todo: tengo un amigo en Québec y otro en Buenos Aires, y ambos están mejor informados que yo acerca de lo que pasa en Santiago; ninguno de los dos piensa en volver, para qué, si nunca se han ido; C) son menos evolucionados, o quizá sufren una extraña y ancestral forma de nostalgia: se sabe que antes de descubrir la agricultura y ser sedentario, el hombre fue nómada; D) simplemente se enamoraron – de un lugar, de una persona, de una forma de vida- y volver les significaría irse; E) todas las anteriores.

Para mí el asunto va por el lado de la letra E. Así como no hace falta ninguna gran razón para hacer un paréntesis e irse por un rato, de vacaciones por ejemplo, para irse sin vuelta es necesario que haya muchas razones. Sólo una fuerza muy poderosa hace que uno abandone su lugar en el taco de las siete de la tarde y la dosis diaria de esmog y bocinazos. Hace algún tiempo, en esta misma revista, el escritor Jorge Edwards escribió que éramos viajeros inmóviles, dulcemente condenados al regreso. Que viajábamos para conocer mundos, pero sobre todo para conocernos a nosotros mismos, ayudados por la distancia. Imposible no estar de acuerdo.

Por eso mismo, no entiendo del todo a esa gente que se queja al final de un viaje, que reclama porque todo terminó y tiene que volver a casa. Es raro. ¿Por qué no quieren volver a sus cosas, a su vida? Quizá tenga que ver con la agradable y despreocupada evasión que proporciona el agarrar una mochila y largarse. En ese sentido, el viaje es como dormir, sólo que en este caso los sueños son más vívidos y hasta puedes sacarles fotos. De hecho, yo también me he pillado reclamando al final de un viaje, cuando la verdad es que la idea del regreso – repito- no me parecía nada mala, todo lo contrario. ¿Será, acaso, que todos decimos que nos carga volver para no parecer niños-turistas y vernos en cambio como adultos-viajeros? En realidad, no importa.

Ultimamente he notado que las cosas se empiezan a repetir en mi vida. Eso de que todo es un ciclo lo creo fielmente, porque soy un protagonista recurrente de ese hecho astral-filosófico-casuístico, que cada vez que ocurre lleva dentro de cada uno de nosotros la frase “esto ya me pasó una vez”. Al grano. Las deudas de Baires son casi las mismas del Santiago pre viaje (una cama, el teléfono, cuentas varias). A eso debo sumarle, por cierto el estado de la cabeza. Siempre fluctuante, ésta vez me tiene contento, en una racha que trato de aprovechar, aunque las condiciones a veces sean difíciles. Muchas rabias con personas que no debería, pocas rabias con personas que si debería. En fin. Y como guinda a la torta, debo colocar el trabajo. Renuncié a uno que tenía en Chile porque dejaron de creer en mi, y porque las indecisiones en los grandes temas eran demasiadas para seguir jugándosela. Acá pasa algo similar. Llegué a un lugar en que me tratan bien, me siento por lo general aceptado y hasta querido (curiosa definición). Pero me está empezando a costar el tema de como lidiar con el desorden, la indecisión, las dobles órdenes y las eteeeernas explicaciones que sólo los argentinos pueden ser capaces de construir.
La reflexión de fondo (o de medio fondo la verdad), es que creí que yéndome a otro país iba a encontrar maneras diferentes de sentir la vida, pero hasta el momento nada de eso pasa. Quizás tenga que ver con algo de ansiedad, y hasta de disconformismo. Pero lo cierto es que mientras más estoy en Buenos Aires, más tengo la sensación de que esta ciudad se está empezando a parecer terroríficamente a esa que decidí dejar. Dependerá de mi darle una vuelta?, debo dejar que las estrellas giren para acercarme a alguna parte?. Quien sabe.

Ver destruida mi cama sirvió para darme cuenta de algunas cosas importantes. Primero, en Buenos Aires existe más de un Easy para comprar herramientas. Dos. Las maderas aglomeradas no sirven para nada. Tres. La cola fría que uno compraba para el colegio es una mentira, la verdadera cola es caliente. Esas y otras muchas cosas aprendí cuando tuve en casa México a un verdadero maestro mueblista que se hizo cargo de las tareas de reconstrucción de mi destruida cama.
Pero quizás deba ir más atrás, porque el final no lo puedo contar tan rápido.
Días después de mi discusión telefónica con el “carpintero”, decidí incursionar en el campo de las artes manuales. Lo dice un tipo que en el colegio no pasaba de 4,5 de promedio en esa materia, que carece de evidentes problemas de motricidad gruesa, y que definitivamente no tiene talento para este tipo de cosas. Sin embargo, el desafío era tan estimulante, que decir no a la aventura de rearmar mi propia cama, era casi como admitir que era un bueno para nada.
Salí de compras, y llegué con lo necesario para cortar, pegar y clavar yo mismo el desastre que ya existía. Tomé serrucho, algunas medidas con lápiz grafito, y chaz!, al rato estaba con las maderas de reemplazo listas para ser reinstaladas. El problema (uno más, que horror), fue que no consideré que la estructura de la cama (las maderas exteriores) estaban tan bien pegadas (único trabajo decente del otro mueblista), que fue imposible colocar las maderas interiores sin hacer algo de daño al resto de la estructura. Fue así como después de un par de horas, mucho sudor y por supuesto más de alguna puteada, vi con impotencia cómo mi afán triunfalista del inicio dio paso al desazón extremo, la derrota humillante. Todo estaba casi tan mal como quedó después de la quebrazón inicial.
Apoyé lo que quedaba de cama en la muralla, tiré el colchón al piso, y abandoné por completo la aventura, esperando quizás algún encuentro con amigos para hacer una fogata, lanzar todo allí y hasta permitirme cantar alguna canción de Sui Géneris con rostro melancólico y por supuesto, con más de un dolor de espalda.
Pero no. Cual ave Fénix renací con más bríos, y mirando el cielo azul que brillaba en un Buenos Aires que me decía “don´t give up”, busqué en las paginas amarillas, y finalmente entre coros celestiales, apareció un “maestro mueblista matriculado”. La pesadilla empezaba a disiparse.
El resto no vale la pena contarlo, porque no es más que un señor gordito, muy argentino, que trajo clavos, cola caliente de piel de conejo (“la mejor para fijar cosas para siempre”), y uno que otro juguete de carpintero, y en algo así como hora y media, revivió mis ganas de dormir a más de 5 centímetros del suelo. Mis maderas estaban unidas nuevamente, mis sueños estaban empezando. Mi lugar de descanso había recuperado su nombre. Al fin tenía cama. Al fin.

Ahora me río. Cómo no, si es la única manera posible para poder llevar todo el periplo de mi cama después que me senté en ella aquel sábado en que me la entregaron. Porque lo que pasó ese día fue sencillamente que la cama era una mierda. Tal y como lo leen. Las maderas se quebraron apenas me senté en ella para sacarme las zapatillas. Ni un sólo movimiento peristáltico en ella, ni una noche desenfrenada de pasión, ni un solo desayuno, ningún desperezamiento matinal y ya estaba hundido en aquella estructura de madera, y hundido también en el odio más profundo.
Una de las pocas cosas que recuerdo de todas las que me dijo el carpintero que hizo la cama fue sobre lo duradera y resistente que ésta iba a ser. Quise creer que todo esto era mentira y formaba parte de algún nuevo tipo de ansiedad pre descanso que había desarrollado en la víspera de la llegada de mi cama a Casa México. Pero no. Ahí figuraba yo con una estructura de 120 dólares quebrada casi en tres, producto de un ¨carpintero¨ de tercera. Las maderas estaban carcomidas por termitas, y ese fin de semana fue de película de terror. Intentaba moverme lo menos posible para no seguir haciendo más daño, pero era inútil. Mi mala suerte estaba echada.
El lunes siguiente fue con agresiones verbales al teléfono, porque además de mal carpintero, este tipo resultó ser un caradura: quería que llevara a su taller (y en parte a mi costo), todo el armatoste para arreglarlo. Obviamente me negué a seguir pagando y amenacé con denuncia. Sin embargo, debía encontrar una solución práctica al tema, y decidí hacer algo al respecto. Me transformé por algunas horas en un novel maestro mueblista. El karma recién comenzaba.