Skip navigation

Monthly Archives: October 2005

Es curioso comprobar que la opción de Baires, esa de la huida, del olvido, de esa nueva vida que es posible construir en otro país, sea tan real. Tan cruelmente real. Los abrazos de bienvenida, las lágrimas contenidas durante la ausencia, son el único recuerdo que me estoy llevando de vuelta a Casaméxico. Porque este exámen -el coeficiente dos del que hablé hace un tiempo- sólo me recuerda que el postizo finalmente soy yo. Que esas distancias con la familia son irremontables. Que si desaparezco diez años todo podría ser exactamente igual a la vuelta. Quizás inconscientemente generé todo esto que me pasa, de hecho siento gran responsabilidad por como son las cosas actualmente. En mi tierra, en mi espacio, en mi aire, las risas salen dificultosas de la boca; las frases son muy complicadas de expresar; los dedos de mis pies se presionan unos a otros como queriendo a través del dolor hacer desaparecer la incomodidad, la distancia, el no ser. Mucho menos el estar.
Vuelvo al techo que me cobija en Santiago con la triste sensación de no estar siendo capaz de provocar cercanía, acogida, amor. Mi hija sin embargo, se queda con todos los honores. Es ella la única que aprieta tan fuerte que asfixia, que necesita tanto de mi como yo de ella. Del resto sólo recibo el estándar y quizás algo más de las excepciones a la regla.
Esta noche pensaba si todo esto no es más que el precio que hay que pagar por sentirse en el lugar equivocado, a la hora menos indicada. Algo de eso debe haber. Sigo buscando la respuesta.

Advertisements

La primavera trae fenómenos que cada año son más predecibles. Para mí, son jugar a ser mazoquista y sufrir con la felicidad del resto. Tuve la mala fortuna de sentarme justo enfrente de la pareja que ganó el “Premio Enamorados 2005”. Tipos empalagosamente cariñosos, entregados, felices… para peor, el restorán estaba repleto, ergo, no podía cambiarme de lugar.
Pero al menos mis complicaciones de ser testigo de tanta mariposa en el estómago, de tanto amor en el aire, de felicidad plena y absoluta en definitiva, se vieron compensados al fijar mi vista por la ventana que daba a la calle Santa Fé. Justo enfrente, al lado de un “McDonald’s”, un idiota no encontró nada mejor que poner una tienda de nombre “Macdowells”. La cara de risa quedó perpetua en mi. Ya ni siquiera el parcito que se sacaba pedazos de tanta caricia, podía evitar que mi día fuera un poco mejor.

Falta sólo una semana para que mi humanidad (y la panza llena de empanadas porteñas, tartas de pollo, milanesas y demases) aterrice en Santiago. Y le he dado algunas vueltas a este evento del 2005. Porque va a ser el primer y único viaje a Chile en este año, y quién sabe cuando me aparezca de nuevo. Curiosamente han asomado sentimientos ansiolíticos por ver a mi gente, tomar piscola -que la detesto-, abrazar a los amigos (que acá practicamente no existen y puta que se necesitan). En fin. Tratar por diez días de estar nuevamente en el lugar que decidí abandonar buscando cumplir el sueño. Pero como la vida es rara -y yo también cada tanto- es que al menos un par de veces he considerado en serio la posibilidad de volver definitivamente. Ya lo decía Fuica hace unos meses. Estamos y quizás sólo de vacaciones permanentes, pero con las dificultades propias de las no vacaciones…

ticket

Digo, se hace difícil estar en un lugar donde quieres hacer una vida y que por diversas circunstancias no has logrado. Eso desgasta, inquieta, desanima, pero también ayuda a crecer y a que las cosas dejen de ser tan graves como al principio.
Adoro esta ciudad, su viento constante, su gente, el tren y la estación de Retiro. Y odio profundamente la basura en las calles, los chantas y mi ineptitud para adaptarme a todo esto con propiedad. Estoy agradecido de esta tierra porque me ha permitido hacer las cosas que jamás imaginé. Pero también recuerdo Santiago y sus micros amarillas, las conversaciones oligofrénicas, la hija que espera que llegue el 21, el Río Mapocho, el calor seco…
El taxi de San Telmo a Ezeiza está cada día mas cerca, y tengo los nervios de la primera vez que me subí a un avión. Salvo que este viaje no es de trabajo, mucho menos de vacaciones. Es un viaje para reencontrarme con esa vida que decidí dejar y que en una semana, me pasa prueba coeficiente dos.

Si hace unos 10 años alguien hubiera hablado sobre un fenómeno llamado globalización, probablemente le habrían dicho que estaba loco, que no iba a ser posible que todo el mundo estuviera comunicado con todo el mundo, que la brecha digital iba a impedir que los groenlandienses pudieran estar 100% comunicados con los tuvaluenses (lindas islas aquellas); que la vieja de la esquina iba a poder mandar un mail a su hijo en Chipre, y que el pelotudo que está en Chipre (pudiendo haberse ido a Hong Kong que es más lindo), iba a poder comprar flores para su mamá por la tienda online de Kiribati, para que le llegaran a su vieja al día siguiente en un vuelo de FedEx.
Sin embargo, la globalización ya está aquí, todo el planeta está conectado, las redes digitales son una realidad, el comercio electrónico funciona, los emails son cada vez de mayor capacidad y eficacia, y nuevas herramientas han venido a impulsar aún más el acercamiento de toda la Tierra en un lugar común: la red.
Porqué hago esta reflexión un día feriado a las 7 de la tarde?. Simplemente porque la revolución digital también creó el blog como un medio de comunicación que permite expresarnos y abrir “vitrinas virtuales” para que CUALQUIERA nos visite, y se entere de las cosas que sus autores deciden expresar en este medio revolucionario y poderoso. La desventaja de todo esto, de la internet, de las nuevas vías de comunicación, de la cercanía, es que cuando escribes algo, fácilmente todo el mundo se entera. Iba a Chile de sorpresa, para que a mis viejos les diera un ataque (de felicidad, no al corazón). Pero este puto fenómeno me jugó a favor y en contra. A favor, porque lo publiqué con la certeza de que los principales involucrados -mis padres- no iban a verlo porque no cachan nada de internet, y porque en la familia no son más de 2 los que saben que escribo en un blog. Además, un mail de advertencia fue enviado precisamente para evitar alguna filtración. En contra, porque uno de esos dos que sabe, no recibió el mail y no encontró nada mejor que llegar hoy a la casa de mis papás, diciendo: …”y zupieddon que viene Javiedd a Chidde edd 21 de ezte mez?…” (léanlo con voz de gilipollas angustiado por dar una exclusiva).
Odio la globalización. Y por los próximos 30 minutos también al hocico de tarro de mi hermano.

Ha visto noticias?. Seguro que si. El texto que las acompaña se llama “libreto” y el audio del periodista “off”. Aquí les presento una noticia que agendó la Associated Press, para la pauta noticiosa de unos días más. Reconozco que mi ideal habría sido que la leyera Bernardo de la Maza o Cecilia Serrano, pero se les ocurrió jubilarse antes. En fin. Guillier es mi alternativa 3.

jutback
jugarte fotografiado por un paparazzi

CORRE VTR: El 21 de octubre a las 11:20 am, hora de Santiago, el Académico de la Universidad San Andrés y experto en Realización Cinematográfica, Javier Ugarte, besará la losa del Aeropuerto Internacional “Comodoro Arturo Merino Benítez”, bajando del Air France, vuelo 416, proveniente de Buenos Aires.
En el país realizará una intensa agenda que comprende reuniones bilaterales con familiares y amigos, firma de convenios educacionales, pisco sour en mano, alianzas estratégicas con Instituciones del Cono Sur al lado de un Pollo al Coñac de la picá “La Mamita”, y reuniones de alto nivel con algunas personalidades locales en el “Shopito”. La permanencia de connotado académico en tierra chilena se extenderá hasta el martes 1 de noviembre, día en que emprende regreso a Buenos Aires donde continúa con las actividades agendadas para el hemisferio.

Ya estoy mejor de mi gastritis… pero no logro comprender que este gato de mierda siga maullando.

Resulta que iba a retomar los compromisos pendientes con mis cada día menos lectores (debo al menos tres post prometidos hace meses), y decidí que lo mejor era acompañar la escritura con una comida rica de día viernes. La semana había estado productiva, y en mi delicatessen máxima figuraba una empanada tocino queso que comí el lunes. Del resto, ni hablar. El asunto es que decido pedir por primera vez en estas tierras del delivery, comida mexicana!!!. Rico dije yo. Unos porotitos negros, unas fajitas y el tonto guacamole que no puede faltar. Todo acompañado de la cerveza de rigor, y tate, escribía al hilo todo lo que faltaba. Al rato de ordenar, llegó la bicicleta de Cancún (el restaurante en cuestión). Comida calientita, cerveza muy fría y un personaje hambriento. Ecuación perfecta. Como caballero que soy, ingerí los alimentos del señor en unos 6 minutos y 12 segundos (mi madre siempre dijo que tragaba, y ya sé a qué se refería). Algunas horas más tarde, el guacamole que había quedado huérfano de la masacre, me miraba con cara de “cómeme, nací para eso” y dispuse a saborearlo con tortillitas ad hoc. El resultado?. Seis de la mañana del sábado una acidez estaba terminando con mi disminuída existencia. Con premura movilicé sales de fruta y abundante líquido, intentando paliar la amenaza fantasma. Pero esa palta con tomate y cebolla me tenía preparado algo más: una de la tarde, mi panza hinchada y a punto de explotar, sudor helado y tiritones. Creí que un nuevo “patita patita” se acercaba, y recordé que alguien mencionó en una oportunidad que un vaso de leche o yoghurt ayuda en estos casos. Mi aporte hoy es que ese consejo es FALSO!. Tres horas post yoghurt, un médico recetaba lo indecible para lo que era una gastritis aguda. Como pude, recogí el valor que quedaba en el suelo y salí a comprar medicamentos. Y bueno, era sábado, así que la farmacia de turno quedaba a 12 cuadras de la casa, aunque sólo me enteré de ello mientras caminaba siguiendo los papelitos pegados en la calle que anunciaban la botica abierta. Remedios en mano, al igual que la dignidad y el espíritu, volvía al hogar para acostarme y poner fin a mis días terrenales. Nunca, digo nunca me había sentido tan mal. Pasé por la puerta del “Cancún” y la escupí, descargando algún resabio de ira que pudiera haber quedado en medio del malestar estomacal. A eso de las 6, el termómetro marcaba 39.6 de fiebre y en Casaméxico penaban las ánimas. Estaba solo, el final era inminente. Revoltijones de estómago -y sus evidentes y asquerosas consecuencias- aparecían junto con delirios que me habría encantado grabar en video para alguna reunión creativa. Eso y conjeturas varias sobre cómo mis células se iban rindiendo ante el ataque mexicano, son parte de los síntomas que vinieron después.
El domingo las cosas no variaron mucho más, claro que ésta vez decidí ducharme, porque las sudoraciones de esa madrugada hacían que yo mismo rechazara a mi yo mismo (?). En fin. Hasta las 8 de la noche todo hacía presagiar que el mal rato ya habia pasado. No había hinchazón, aunque la fiebre continuaba; la sudoración estaba en retirada, pero la cabeza se me partía en dos. Hice de tripas corazón y me acosté, considerando que el lunes tenía que trabajar y no existía manera de justificar mi ausencia. Y como ésta es una historia de perdedores enfermos, la guinda de la torta me la dio un gato en celo que lleva 72 horas ininterrumpidas maullando al lado de mi ventana por su gata enamorada. Buenos Aires ha tenido un par de días de lluvia, ideal para que un gato busque un techo, pero así y todo el condenado prosigue fiel allí, esperando que su amada aparezca y puedan consumar su amor.
En el Artico encontraré mejores condiciones para recuperarme con dignidad?. Acaso el destino me entrega estas pruebas para ver si AL FIN!, uso la sabiduría de los 30?.
El capítulo gástrico logró sacar enseñanzas, la fundamental que quizás estoy “meado de perro”. Aunque la frase que aplica con más certeza sea la de “cagao de gato”. Fin.