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Category Archives: De taxis

Lejos la mejor que me ha pasado en un taxi.
Tuve que grabar en América, un canal de TV por cable de Capital. A la salida, un radiotaxi me estaba esperando, para hacer un viaje de 3 paradas. El camino hacia la primera, no tuvo mayor inconveniente. El calor de la ciudad fue presurosamente aplacado por el conductor, que cerró ventanillas y puso en marcha el bendito aire acondicionado. Luego de la detención y algunos asuntos que resolver, la próxima parada era en el barrio de Congreso, sobre Rivadavia. Es aquí donde el chofer comienza a poner temas de conversación -era que no- sobre los más variados temas. O al menos eso es lo que creía, porque la verdad es que entre el ruido de su auto, y el aire que estaba al máximo, me impedían escuchar que cresta decía el señor. En señal de respeto y atención a su monólogo, asentía con la cabeza y hasta abría los ojos, clásico gesto de interés y concentración. Al llegar al sector, el señor se estaciona y salgo presto a enfrentar el calor maldito de Baires, en busca de unas cintas. Ese “trámite” demoró mas de la cuenta, tanto como para que el taxista pensara que, o me había arrancado sin pagar, o que sencillamente había sido parte de un “secuestro express”. Una media hora mas tarde, mi humanidad acalorada y transpirada volvían al auto para encaminarnos finalmente hacia Casaméxico, última parada del periplo. Y es ahí donde me doy cuenta que el mundo es mucho más agradable de lo que uno quiere creer. Porque el chofer continúa la conversa, pero ésta vez, mis caras de atención realmente eran de atención; quería de verdad escuchar lo que me decía. Hasta me acerqué a él para lograr empatizar con sus ideas e intercambiar puntos de vista. Pensé que en ese vehículo estaban las respuestas a muchas dudas existenciales. Imaginé un mundo mejor después del intercambio de aspiraciones, deseos y bienaventuranzas. Creí que el hambre de Africa podría tener solución dentro de esa cabina con ruedas. Imaginé las catástrofes provocadas por la mano del hombre, claro que con soluciones concretas para reinventar el mundo… sin embargo, cuando el gesto técnico de acercar el oído para escuchar al taxista termina, toda la magia se rompe cual paleta de dulce cuando se escapa de las manos de un niño… el puto taxista no tenía dientes, y todas -TODAS- las palabras que dijo durante decenas de minutos, siempre fueron balbuceos incomprensibles para la especie humana. El sueño de cambiar el mundo simplemente se fue a la mierda. Aunque no por eso no pude evitar la carcajada mientras pagaba la carrera que por lejos ha sido la más entretenida de Buenos Aires.

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Esta le pasó hace poco a una escritora que estuvo viviendo en Casaméxico.
Después de una intensa jornada de compras en el sector de Corrientes, un recorrido por la flor de Avenida Alcorta (que en lo personal encuentro notable), y una caminata por el cementerio de La Recoleta, Gabriela decide subirse a un taxi para volver a San Telmo, en un viaje de algo asi como 20 minutos motivados por la hora y la congestión. Se encuentra pues con un tipo joven, con auto a GNC y bastante bien arreglado para ser taxista. A escasas cuadras de iniciar el viaje, éste comienza a hablarle (cómo no), de los clásicos temas porteños. Que Menem se quede allá, que la Bolocco es tonta, que el taxi es un mal negocio, que hay muchos en baires, una que otra mentirilla inflada hasta alcanzar proporciones épicas, etcétera. Gabriela -cansada por su periplo- sólo atina a escuchar con la mejor cara de agrado que le es poisible, aunque solo esperara llegar cuanto antes para poder meterse a la ducha y reponer energías. Chica paciente, no logra entender en qué momento el joven del volante comienza a hablar de temas mas “personales”. Que si es casada o soltera, si vive sola, que porqué lleva tantos libros en una bolsa, que blablabla… quizás en una historia entre un taxista seductor de tercera y una argentina guapa, podría haber otro desenlace -ellas enfrentan a los galancetes y les dicen amablemente que dejen de hacerse los lindos-, pero ella es ecuatoriana (y entiéndase por eso de una personalidad mas parecida a la chilena). Este abordaje de piropos y galanteos, lo asume pues con mejillas coloradas y sin muchas cosas que responder de vuelta. La estocada final ocurre cerca de la estación de trenes de Retiro, cuando él comienza a decirle que la percibe de rostro tenso y cansado. Además le comenta que el taxi es sólo su hobby, porque lo que verdaderamente hace con estilo SON MASAJES!!!. Así es. El inocente juego inicial se transforma en un ofrecimiento formal de caricias en casa, con los eventuales extras que eso podría significar, porque de tímido el lolo no tenía nada. Gaby, ya desesperada, pide que la deje en la esquina. El insiste en que no se preocupe, y que si es por plata no le cobra tanto. Pero ya lo único que quería era bajar, no sabe exactamente si “por temor a ser violada” (sic) o porque las maniobras seductoras del veinteañero la tenian al borde de un “sí”. Al final opta por la alternativa uno, con muchas bolsas llenas de libros, tan cansada como al principio, y medio traumada de no saber si tomar otro taxi-con-servicios-adicionales, o bancarse las 20 cuadras que faltaban para la casa. Eso y con la extraña sensación de haber sido seducida por un “tímido” taxista porteño.

Verano. 8 pm. Sensación térmica, 37 grados. Humedad 97%. Lluvia torrencial. Así estaba Baires el día que me topé con su primera tormenta. Estaba en una productora, y llegó la hora de retirarse cuando sentí los truenos y el agua que tiraban con balde desde el cielo. Esperé un rato a que amainara, y como sencillamente eso no pasó, decidí llamar un taxi.
Treinta minutos más tarde, sentí que era necesario salir y tomar el primer auto que pasara. Al intentarlo, noté que cuando llueve en Buenos Aires, llueve. Calles anegadas, autos chocando, gente con pantalones arremangados en pleno Palermo, barrio bien de esta capital. Decidí torpemente quedarme en ese lugar aún esperando que todo pasara y mi taxi llegara. Una hora. Hora y media. Llovía tan fuerte como al principio y ni señas de auto. Finalmente me armé de valor y salí. Vestía camisa delgada (era verano), y a los 3 metros ya iba chorreando agua por todas partes. En la esquina de Cabildo y Concepción Arenal pude tomar un auto que me llevara a casa. Sólo 50 metros bastaron para que me diera cuenta que cruzar un tercio de la ciudad para llegar a casa, iba a resultar una epopeya. La basura flotaba por las calles anegadas, y los colectivos mojaban la poca ropa seca de la gente que esperaba algún medio de transporte.
Un viaje que en días normales hago en veinte minutos, hoy ya iba casi en una hora, y solo dentro del auto. El problema es que no habíamos avanzado más de 10 cuadras. El señor conductor -joven y avezado- intenta una maniobra para acortar camino: se sube a una vereda en plena Avenida Santa Fé. Bocinazos y agresiones verbales surgen de las calles y él las evade con la misma fineza con la que conduce. Me siento en un estadio de abstracción, pasmado quizás por la habilidad y descaro con que aquel chofer enfrenta su trabajo en pos de un buen servicio.

taxi

Logramos finalmente entrar por una calle que a pesar de toda el agua, resistía el embate. Avanzamos unos doscientos metros hasta encontrarnos con una calle que cortaba. De ahí en más, otra historia se escribía. Una calle profundamente anegada nos desafiaba a cruzarla, con el riesgo latente de quedar entrampados entre hojas y ramas que corrían por su novel caudal, sin embargo, aquél atrevido joven de mirada profunda y decisiones claras, puso el vehículo en marcha y cuál caballero medieval, enfrento las aguas con atrevimiento y coraje. Nunca soltó el pie del acelerador, y sólo ese pequeño gesto técnico bastó para hacer frente a un nuevo obstáculo entre el clima y mi casa.
Debo deciros, empero, que ésa fue sólo la acción que desató una tempestad paralela a la que ya vivíamos en la calle, porque sus maniobras exaltaron a otros conductores de vehículos, que frente a las maniobras conductivas de este héroe del transporte de pasajeros, se vieron profundamente afectados. El agua a la que él hacia quite, ellos la recibían de lleno dentro de sus máquinas, y al cabo de unos metros, un joven con mirada desafiante, lo detuvo cruzando su auto en medio de este riachuelo callejero, para increpar mediante el asalto soez y artero, a un hombre idealista.
Agresiones verbales pues, salieron a flote desde las turbias aguas bonaerenses. Amenazas de golpes de puño, descalificaciones a los integrantes de su familia, y hasta la destrucción de un vidrio retrovisor, marcaron un episodio tenso e inquietante. La demora en estas afrentas mutuas no hizo sino más que hacer mella en el interior de la carrocería de metal que me llevaba de vuelta a casa. El agua se filtraba por las rendijas, y la preocupación de un anegamiento masivo en el interior del vehículo, nos aventuro a tomar decisiones rápidas y arriesgadas.
Nos desplazamos por calles que venían en sentido contrario, buscando rutas alternativas. El caos permitía ser rebelde, así que poco importaron las advertencias de la gente que desde fuera nos incitaba a enmendar el error cometido. Esas maniobras fueron sin embargo, las que nos permitieron salir de aquel temporal y desplazarnos por avenidas despejadas y escasamente inundadas.
Dos horas quince mas tarde, mi cuerpo íntegro y en perfectas condiciones físicas y sicológicas arribaba a casaméxico, con la satisfacción de haber recibido en esa tarde noche de verano, el mejor servicio de transporte al que un simple mortal podría acceder. Y gratis. Porque los caballeros del servicio, frente a las adversidades de un clima veleidoso, sencillamente no cobran.

Confieso algo: este post estaba prometido hace mucho tiempo. Hoy me pongo al día.
Hace unos 5 meses iba viajando en taxi, cuando el señor conductor procede a abordarme con el único afán de poder gastar saliva en algún tema que él consideraba interesante. El verso tenía que ver con una historia que le ocurrió hace años camino a Mendoza y que hablaba sobre un bulto que divisó en la carretera. El pensó “este es un cuerpo” -claro está no habían testigos que pudieran confrontar su teoría- pero al acercarse, notó que sus conjeturas estaban muy distantes de la realidad. Lo que en verdad había sobre el asfalto caliente de aquella tarde mendocina, no era nada más que una “araña de la precordillera!!!”. El señor describía con lujo de detalles lo que era este insecto, que según su relato superaba en tamaño a un chico de 4 años. Reconozco que el timbre de su voz y lo apasionado de su labia, me alarmaron en un momento, sólo por la posibilidad que arañas gigantes estuvieran escondidas en las montañas esperando su turno para atacarnos y adueñarse del mundo. Sólo entendí que este señor disvariaba cuando en paralelo a esa historia, empezó a hablarme sobre zancudos (mosquitos) y de cómo ellos habían desarrollado en su proceso evolutivo una habilidad para alterar nuestro cuerpo por las noches para que pudieran picarnos con mas efectividad. Lo que el conductor planteaba -con aterrador convencimiento-, es que esos zumbidos que emiten los zancudos por las noches, lo que hacen es espantarnos, para que la sangre de nuestro cuerpo (que él dice que no circula cuando dormimos), se ponga en movimiento y así les salga mas efectiva y jugosa su picada.
A esas alturas ya estaba en una zona muy complicada de Buenos Aires como para bajarme, aunque confieso que quise practicar esas caídas de autos que aparecen en las películas, con tal de zafarme de este caballero de edad avanzada y conducción mas que deficiente.
Sólo me dejó satisfecho y tranquilo que por una carrera de 12 pesos, solo me cobrara 8, como un gesto de gratitud por prestarle mis oídos para explayarse sobre tamañas locuras. Desde ese día en todo caso, prefiero viajar en colectivo.

A Baires vine antes de este viaje, tres veces. Y de esas tres veces, debo haber escuchado una 47 historias de taxistas. Si, eran otros tiempos, podía viajar en taxi y creerme un burgués más de esta metrópoli. Son historias muy malas, pero no puedo dejar a mi publico (gracias, los quiero mucho), sin la posibilidad que las cuenten en sus círculos de amigos, y que a través del boca en boca (mágica medida inventada por el hombre moderno), puedan transformarse en anécdotas de vida. Veamos qué resulta:

Primera parte: Esa policía verde.

Camino de Ezeiza al centro de Buenos Aires un taxista nos contó a Cárdenas y quien escribe, de la alucinante vida de los policías. Sin duda es para hacer una serie de tv o incluso una película.
Para los que no han podido viajar a otro país (ojalá todo quien quisiera pudiera), una de las primeras cosas en que pondría atención sería en ellos. No tienen para nada la actitud circunspecta del paco chileno. Acá el policía es de los que saluda y abraza al dueño de un boliche estando en servicio. Es de los que se apoya en las murallas de la Casa Rosada, de los que se sienta en una camioneta a dormir a vista y paciencia de todo quien lo desee. Y también es de los que más está acostumbrado (después de los políticos claro) a aceptar “regalitos”, o como se diría en buen chileno, una coima, un sobresueldo, un extra.
La historia mas o menos versaba así: El hijo del taxista, un Ingeniero que llevaba una vida mas bien austera porque planeaba comprarse una casa, llega un día al departamento que arrendaban con su esposa, y se encuentra con la sorpresa que había sido literalmente saqueado. El tipo, que además de ingeniero era estúpido, tenia los ahorros de su vida casi bajo el colchón. Sumaban 8000 dólares (linda casa quería comprar, no?). El tema es que después de la denuncia oficial y tramites de rigor, se aparece por casa un tipo con cara de sospechoso, pero que le cuenta a su padre que sabe perfectamente dónde esta la plata y el resto de las cosas, pero que puede hacer el “servicio” por 2 mil verdes mas. El padre en un gesto de ofuscación y desesperación le dice a este tipo “como se te ocurre que voy a pagar 2000 dólares mas para recuperar los 8000 mil que le robaron a mi hijo” (este diálogo les pediría que lo leyeran con mucha angustia para que les traspase el sentimiento del señor). Cuento corto: éste tipo (que a todas luces era policía) quedó con cara de espanto, porque esperaba ganarse 2000 verdes por entregar información de los tipos que habían robado la casa, robo del que el además era cómplice y por el que iba a recibir una parte. pero no imaginó nunca que el robo había sido tan grande. Entonces, sabiendo que había sido ¨víctima¨ de un engaño por parte de sus “compañeros”, decide hacer justicia, e inventar un operativo para detener a sus ahora ex partners, recuperar la plata y además conseguir un ascenso. No obtuvo los verdes que quiso coimear, pero al menos resultó ser el menos imbécil de todo el grupito. Que tal?