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Hace meses que tenia una deuda pendiente conmigo mismo, y fue tiempo de pagarla. Estoy en Santa Fé en un lugar llamado Bond Street, una especie de shopping del tatuaje, las cadenitas y la ropa oscura. Vengo a hacerme un piercing. O mejor dicho, a agregarme uno. Mismo lugar, misma motivación. Encontré a través de estos “aritos” una forma de sacarme los dolores de encima.
Esto está lleno. Admito que es una moda tatuarse o llenarse de metal algunas partes del cuerpo, y soy sólo uno más de todos los que esperan aquí sentados su turno.
Quizás aquí hay más gente que como yo, busca sacarse algo de encima, o agregarle un sentido al acto de intervenirse el cuerpo.
Hasta se podría decir que todos llevamos de una u otra forma un grado de temor en lo que vamos a hacer.
Mis manos sudan y a ratos muevo un pie con ritmo insistente. Me llaman y las imágenes pasan por mi cabeza. Recuerdo con preocupante claridad el día de mi primer piercing. Pensaba en Cárdenas, en que me dolía profundamente el pecho. Que la pena que llevaba era tan grande que no sabía si el dolor de esa pieza de metal iba a ser capaz de ponerse a la altura de lo que tenía dentro.
Sentí profundamente el apretón y el pinchazo y ahí entendí que ese momento era liberador. La pena era ahora un trozo de titanio negro en mi ceja izquierda. No un corazón que se deshacía a pedazos y con el peor de los dolores…
Hace meses que tenía una deuda pendiente conmigo mismo. Hoy nuevamente la estoy pagando.

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