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Monthly Archives: March 2006

Ando desaparecido. Pero dejo posteada una deuda que tenía pendiente. Cumplí estoicamente con mi promesa moral de no publicarlo mientras no existiera el video en otra parte. Ya está online. Y mi conciencia de pasada, camina tranquila.
Con ustedes y en exclusiva, el trailer de “Una película de Huevos”. Que huevada.

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Salio de no se donde. Ergo es un robo. Uno bueno, eso si.

Hace algunos años, cuando solo existían las líneas de teléfonos fijas, el marcador de tu nivel de popularidad social era la cantidad de mensajes que encontrabas en el contestador automático al regresar a tu casa. Pocas cosas resultaban tan deprimentes como ver ese número cero titilando como una burla en rojo, una sorna digital confirmándote que nadie te había llamado para invitarte a una fiesta ( porque en la cabeza del outcast, el mundo está lleno de fiestas a la que no lo han invitado)

El celular terminó un poco con esa situación, porque aunque ahora tampoco te llama nadie, al menos no te llaman… en cualquier lugar en el que estés, y el regreso a casa, ese trámite tan cuesta arriba para el que va a pasar la noche solo, se había hecho así un poco mas llevadero desde que el contestador fue a parar al cajón de los aparatos viejos, junto con la zipera y la latita que bailaba.

El blog, como todo buen invento, nos trae de regreso esa sensación olvidada, pero corregida y aumentada. Porque ahora, cada vez que abro el blog y veo que en las entradas hay ” 0 COMMENTS ” , siento otra vez la prueba infalible y electrónica de que hay fiestas esta noche, si, pero ninguna de esas fiestas se suspenderá por nuestra ausencia.

Y peor aún , porque si antes esas fiestas eran las de nuestra ciudad, ahora gracias a Internet…son todas las fiestas que se celebran esta noche en el mundo en las que no estaremos.

helao

Enfrente de la casa de mis viejos y en la que viví buena parte de mis actuales años, hay una plaza. Una que han remodelado solo 2 veces en más de 60 años. Una de esas fue antes del terremoto del 85, así que mientras estaba aún cerrada al público, veíamos como había que remodelarla de nuevo por todo lo que se desarmó. Pero antes de esa época -o sea cuando la plaza era vieja y fea- mientras caminaba encima de las bancas de piedra que la rodeaban, me encontré en medio del maicillo, un billete de 50 pesos. Azuilito, lindo. Pensé que quizás se le había caído a alguna abuelita, por lo doblado que estaba. Y claro, más que eso no pensé, porque la verdad es que poco me importó que alguien pudiera andar con un billete menos en el bolsillo. Menos por ser tan pajarón.

Crucé la calle y corrí a mi casa a contar del hallazgo. Y tuve la mala fortuna de contarle a mi mamá de lo que había pasado. Y ella lo mejor que hizo fue tomar el billete y simplemente guardarlo en su chauchera. Se lo pedí y me dijo que no me creía mucho eso de que “me lo había encontrado”. Lloré y patelié, pero de nada sirvió. Sentí cómo mis derechos del niño eran pisoteados por mi vieja en un acto que recuerdo aún con tristeza e injusticia. Ahora -como no- ella niega que eso haya pasado alguna vez, sin embargo para mi es un recuerdo que está marcado en una de las pocas neuronas que van quedando vivas en mi cabeza.

Probablemente a estas alturas ya alguno se esté preguntando qué tiene que ver el título del post con esta traumática historia de la infancia. Simplemente hace unos dias recordaba mi tierra y no puede evitar pensar que en esos años, con 50 pesos podria haber comprado un pedazo del mundo. Esos cincuenta pesos me alcanzaban para 5 paquetes de Fonzies, 20 fichas de flipper (o video, depende del ánimo); 2 helados Columbia (con centro de crema y cubierta de gomita); o en su defecto 100 -si, CIEN- chicles Lobito. Y ojo, que éste no es un post nostálgico, simplemente cito algunas estadísticas históricas.

Toda esta remoción de recuerdos se da por una conversación que sólo el alcohol permite. Porque empezamos a conversar con un amigo sobre qué cresta se hace ahora con cien pesos chilenos. Y la verdad es que nada. Nadie pudo comprar un afiche con la cara de Bachelet para ir a saludarla a las calles, porque valían 500; ningún escolar pudo usar su beneficio para ir a clases el miércoles pasado, porque el pasaje vale 120; niuno, sí, niuno de esos ganosos de las frituras pudo adquirir el archireconocido paquete de papas fritas chicas (con o sin tazo), porque las cagadas valen 200… y el paralelo con Buenos Aires fue inevitable, porque con un peso (que es la moneda clásica de acá, y equivale a 170 pesos de allá), haces muchísimo más. Te compras un Pancho (prototipo de completo); viajas en subte y te sobran 20 centavos. Viajas en micro y te sobran 25 centavos, viajas en tren y te sobran hasta 50 centavos!!; compras un chocolate y no te sobra ningún centavo, y cuando vas a comprarte un helado y quieres el más barato entiendes que aquellos dias de los cincuenta pesos con los que cambiabas el mundo financiero de tu enana vida, valen absolutamente nada. Da lo mismo si estás en Chile o Argentina. Mucho menos en Francia o Inglaterra. La expresión mínima de la palabra “barato” ya no existe ni siquiera a la hora de comprar un simple y cagón lolly pop. Frustración y cara de amurrado. Quería ese helado, pero era pagarlo con esa moneda de peso o con un billete de cien que eran los únicos extremos que cargaba en el bolsillo… pensé en Chile y en un Choco, en un Piña, en un Panda Helado… en un Mustang. Y claro, ya era imposible. No estoy allá, y con lo caro que está todo en mi tierra, capaz que cualquiera de esos ya vaya por los 500. Que bajón.

Hace unos días lei por ahí que los ochentas fueron una década que debe ser olvidada. Mientras repasaba el texto, los recuerdos y las lágrimas se sucedían como si una fuerte ventisca arrasara con este siglo XXI para trasladarme en el tiempo, y añorar estar en la época en que la ropa y la música bastaban para seducir a la juventud espinillenta y parcialmente velluda de esos días. Como olvidar momentos en que tipejos de escasa categoría aparecían como callampas en la televisión, cantandole al amor. Y no porque el amor esté mal, sino porque el mal gusto con que se mostraba era simplemente aterrador. A pesar de eso, mi corazón está dividido. Aborrezco ese pasado, pero estoy tan lleno de placeres culpables que no puedo evitar sentir que ese tiempo pasado efectivamente fue mejor. Quizás porque no habían responsabilidades demasiado importantes, o porque jugar o vagar o hablar pelotudeces fuera igualmente válido que cualquier conversación que podríamos tener ahora de adultos con algún contemporáneo, sobre temas realmente importantes .

Lindos ochentas. Esos que ahora avergüenzan a unos e intimidan a otros. Y que culpa tiene esa década?. Simplemente darnos más de lo mismo, sólo que con dudoso estilo. Peores eran los noventas, donde una tropa de desvergonzados se paseaban por los medios de comunicación masiva, para enrostrarles en la cara a esos soldados del pop de antes, que ellos llegaban a renovar todo, a cambiar el mundo y a conquistarse a todas las chicas. Y bueno, quizás en parte era cierto, salvo porque uno con pinta de machote terminó en algún baño de restorán compartiendo su amor, claro que con otro chico…

A pesar de todo, agradezco que esas dos décadas hayan pasado. Me siento bien en ésta en que las guitarras comienzan a sonar con más fuerza, y donde el punchi punchi tiene tanta difusión como el rock. La diversidad en su máxima expresión. “Muera el pop!”, es mi arenga final. El asqueroso, el que hace rato va en retirada. Ese que anuncia su retiro de la musica (gracias San Guchito, por favor concedido). El resto tiene permiso para un revival. Incluso éstos. Porqué?. Quizás porque en el fondo del corazón, personaje tan detestables como ellos, me hagan recordar que ésos al igual que ahora, son buenos, muy buenos tiempos.