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Vivo en Argentina. En Buenos Aires. En Capital Federal. En San Telmo. Creo que cada día que pasa me cuesta menos entender la ilógica que envuelve a algunas calles de acá, a los barrios, a su gente. Ayer sin embargo, caminaba por el sector de Belgrano, y lo más curioso es que después de unas cuantas cuadras (y hasta un puente sobre una vía férrea), llegué exactamente al mismo lugar. Me sentí el ser humano mas idiota del mundo. Yo, el que otrora se jactaba de ser medio “brújula” por la innata capacidad de ubicarme en los espacios. Si hasta la primera vez que vine a Baires estaba plenamente ubicado!. En fin. Alguna vez comenté lo diversa que es la gente y lo homogénea que se le percibe por las calles . Algo así pasa en San Telmo, barrio que está en el casco histórico de la ciudad. Una mezcla de Valparaíso, Santiago Poniente y Bellavista. Un sector que congrega de lunes a lunes a cientos de turistas que deciden conocer los incios de la Argentina que en castellano antiguo se escribia con una “H” al principio. Para ellos hay de todo. Restoranes italianos, franceses, mexicanos. Las clásicas parrilladas, y hasta los siúticos, pero exquisitos sushis.

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Hace unos días, mientras iba rumbo al Subte, no pude dejar de pensar en qué es lo que realmente hay para los que vivimos acá. Este es un barrio de inmigrantes, así que la cosa cultural es muy transversal. Para nosotros existe un supermercado llamado “Manyi” -ordinario como pocos- y donde el personal hasta se da el lujo de flirtearse entre sí mientras antienden clientela. Al frente está la pastelería Independencia, que debe ser la que vende las mejores medialunas y facturas del sector. Y también están los almacenes, pero que acá venden desde el zapallo hasta el mas tóxico de los vodkas. Uno argentino, no recuerdo la marca, pero cuyo sabor debe ser más parecido a la nafta que al destilado creado por los siberianos. Lo digo muy prejuiciosamente, claro está. Nunca lo tomé, sólo que con mirar su aspecto (y su precio, unos 1000 pesos chilenos), me formo la peor de las impresiones.
Acá pasa algo raro con el alcohol. Los impuestos son tan fuertes para los destilados, que en los barrios populares practicamente no los conocen. Preguntar por un Johnnie Walker etiqueta roja es casi un sacrilegio. Y cuando los encuentras, también te sorprendes de lo caros que pueden llegar a ser.

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Lo otra curiosidad de San Telmo, es que todas las cosas (o casi todas para ser justos), empiezan con el nombre de este pobre señor. Encontramos entonces el restaurante “Sr.Telmo”, la feria de antiguedades “Don Telmo”, el museo de San Telmo, el albergue para estudiantes “Villa Telmo”, y el club de tango “Donde Telmo”. Pero el más curioso de estos exponentes es a mi juicio el “Club de Video Telmo”. Queda a la vuelta de mi casa y la verdad es que no está tan mal dotado de películas (de las taquilleras y una que otra independiente). Lo curioso de este videoclub son sus horarios y su dueña: abre de 11 de la mañana a 1 de la tarde, y de cuatro de la tarde a 9 de la noche. Toda una gerenta esta dama, que además demuestra un conocimiento de las películas que realmente sorprende. Más de una vez la he escuchado recomendar una película dándole el adjetivo de “bárbara”, sin agregar nada más para hacer mas atractivo el arrendar. Cobra barato por el alquiler, pero entre sus “detalles” es que reta, e incluso echa a gente de su local, hasta el mismo día en que se están haciendo socios. Todo un personaje.
Además de ella, hay otras curiosidades, pero son tantas y todas tan entretenidas que creo que dejaré espacio para más. No desespereis.

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