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Ver destruida mi cama sirvió para darme cuenta de algunas cosas importantes. Primero, en Buenos Aires existe más de un Easy para comprar herramientas. Dos. Las maderas aglomeradas no sirven para nada. Tres. La cola fría que uno compraba para el colegio es una mentira, la verdadera cola es caliente. Esas y otras muchas cosas aprendí cuando tuve en casa México a un verdadero maestro mueblista que se hizo cargo de las tareas de reconstrucción de mi destruida cama.
Pero quizás deba ir más atrás, porque el final no lo puedo contar tan rápido.
Días después de mi discusión telefónica con el “carpintero”, decidí incursionar en el campo de las artes manuales. Lo dice un tipo que en el colegio no pasaba de 4,5 de promedio en esa materia, que carece de evidentes problemas de motricidad gruesa, y que definitivamente no tiene talento para este tipo de cosas. Sin embargo, el desafío era tan estimulante, que decir no a la aventura de rearmar mi propia cama, era casi como admitir que era un bueno para nada.
Salí de compras, y llegué con lo necesario para cortar, pegar y clavar yo mismo el desastre que ya existía. Tomé serrucho, algunas medidas con lápiz grafito, y chaz!, al rato estaba con las maderas de reemplazo listas para ser reinstaladas. El problema (uno más, que horror), fue que no consideré que la estructura de la cama (las maderas exteriores) estaban tan bien pegadas (único trabajo decente del otro mueblista), que fue imposible colocar las maderas interiores sin hacer algo de daño al resto de la estructura. Fue así como después de un par de horas, mucho sudor y por supuesto más de alguna puteada, vi con impotencia cómo mi afán triunfalista del inicio dio paso al desazón extremo, la derrota humillante. Todo estaba casi tan mal como quedó después de la quebrazón inicial.
Apoyé lo que quedaba de cama en la muralla, tiré el colchón al piso, y abandoné por completo la aventura, esperando quizás algún encuentro con amigos para hacer una fogata, lanzar todo allí y hasta permitirme cantar alguna canción de Sui Géneris con rostro melancólico y por supuesto, con más de un dolor de espalda.
Pero no. Cual ave Fénix renací con más bríos, y mirando el cielo azul que brillaba en un Buenos Aires que me decía “don´t give up”, busqué en las paginas amarillas, y finalmente entre coros celestiales, apareció un “maestro mueblista matriculado”. La pesadilla empezaba a disiparse.
El resto no vale la pena contarlo, porque no es más que un señor gordito, muy argentino, que trajo clavos, cola caliente de piel de conejo (“la mejor para fijar cosas para siempre”), y uno que otro juguete de carpintero, y en algo así como hora y media, revivió mis ganas de dormir a más de 5 centímetros del suelo. Mis maderas estaban unidas nuevamente, mis sueños estaban empezando. Mi lugar de descanso había recuperado su nombre. Al fin tenía cama. Al fin.

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