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Esta le pasó hace poco a una escritora que estuvo viviendo en Casaméxico.
Después de una intensa jornada de compras en el sector de Corrientes, un recorrido por la flor de Avenida Alcorta (que en lo personal encuentro notable), y una caminata por el cementerio de La Recoleta, Gabriela decide subirse a un taxi para volver a San Telmo, en un viaje de algo asi como 20 minutos motivados por la hora y la congestión. Se encuentra pues con un tipo joven, con auto a GNC y bastante bien arreglado para ser taxista. A escasas cuadras de iniciar el viaje, éste comienza a hablarle (cómo no), de los clásicos temas porteños. Que Menem se quede allá, que la Bolocco es tonta, que el taxi es un mal negocio, que hay muchos en baires, una que otra mentirilla inflada hasta alcanzar proporciones épicas, etcétera. Gabriela -cansada por su periplo- sólo atina a escuchar con la mejor cara de agrado que le es poisible, aunque solo esperara llegar cuanto antes para poder meterse a la ducha y reponer energías. Chica paciente, no logra entender en qué momento el joven del volante comienza a hablar de temas mas “personales”. Que si es casada o soltera, si vive sola, que porqué lleva tantos libros en una bolsa, que blablabla… quizás en una historia entre un taxista seductor de tercera y una argentina guapa, podría haber otro desenlace -ellas enfrentan a los galancetes y les dicen amablemente que dejen de hacerse los lindos-, pero ella es ecuatoriana (y entiéndase por eso de una personalidad mas parecida a la chilena). Este abordaje de piropos y galanteos, lo asume pues con mejillas coloradas y sin muchas cosas que responder de vuelta. La estocada final ocurre cerca de la estación de trenes de Retiro, cuando él comienza a decirle que la percibe de rostro tenso y cansado. Además le comenta que el taxi es sólo su hobby, porque lo que verdaderamente hace con estilo SON MASAJES!!!. Así es. El inocente juego inicial se transforma en un ofrecimiento formal de caricias en casa, con los eventuales extras que eso podría significar, porque de tímido el lolo no tenía nada. Gaby, ya desesperada, pide que la deje en la esquina. El insiste en que no se preocupe, y que si es por plata no le cobra tanto. Pero ya lo único que quería era bajar, no sabe exactamente si “por temor a ser violada” (sic) o porque las maniobras seductoras del veinteañero la tenian al borde de un “sí”. Al final opta por la alternativa uno, con muchas bolsas llenas de libros, tan cansada como al principio, y medio traumada de no saber si tomar otro taxi-con-servicios-adicionales, o bancarse las 20 cuadras que faltaban para la casa. Eso y con la extraña sensación de haber sido seducida por un “tímido” taxista porteño.

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