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Cosas raras pasan cuando uno empieza a crecer. Sí, lo sé, estoy grande y hediondo, pero aún así no puedo evitar decir que soy una persona de espíritu joven, lo que puede salvarme de ser considerado un viejo de mierda. En fin. Anoche vi la luz, y pude plasmar en papel cómo me han ido gustando las chicas a medida que voy creciendo. Desde la elección espontánea de los 15, hasta lo más específico de los treinta. Veamos:

15 años. Revolución hormonal. Pelos, olores, bigotes incipientes, acné y edad del pavo (salía a la calle semanas completas sin cambiarme una sola prenda de ropa). Las mujeres de aquella época podían ser altas o bajas, rubias o morenas, delgadas o medio gordas. En fin. Era tanta la necesidad de poner a prueba las bullentes hormonas, que daba exactamente lo mismo quien apareciera en mi camino. Aún no existía el razonamiento lógico, la escala de valores, algún gusto específico, no. En aquellos años maravillosos, sólo buscaba conocer chicas y poder intercambiar nuestro desarrollo. Físico, claro está.

20 años. Etapa en que en lo personal vi cómo las hormonas de entre los quince y los veinte me convirtieron en padre precoz. Por lo mismo, mi vida en términos afectivos se mantuvo por mucho tiempo con la misma persona, hasta que entendimos que no era una buena manera de disfrutar nuestros tiernos años, y decidimos seguir buscando. Mi chica ideal de los veinte era mas estilizada, con sentido del humor y en lo posible mucho mayor. Esfuerzos hice demasiados, pero siempre terminaba enganchando con la hermana o la prima de quien realmente me interesaba. Un desastre.

25 años. A esta edad debo decir que estaba en el lado oscuro de la fuerza. Mis conquistas frustradas y mi pasión llevada al límite sin nada a cambio, me tornaron huraño, callado, mal humorado, odioso en extremo. Eso en el plano de las relaciones afectivas era un golazo. El tipo de chica de los 25 era inteligente, admirable, pragmática. El problema es que a cambio entregaba ausentismo, desidia y hasta parsimonia si queremos irnos a algún extremo. Esto provocaba en las chicas muchas ganas de estar con un tipo como yo, claro que a la semana de lograrlo me pateaban precisamente por todo lo que les había atraído en un principio: mi desgano.

30 años. La chica de los treinta, puede ser como la de los quince. No hay una distinción física que pueda llamarme más o menos la atención, aunque los ideales siempre estan. No tan bajas, con la cantidad justa de peso-pelo-pechugas-onda, y con la cuota de sensatez precisa. La mujer para mis segundos quince apunta más a la intelectualidad que a su envase externo. Las sigo prefiriendo admirables, en lo posible en alguna actividad afin a la mía (que ya no sé exactamente cuál es), con sentido del humor, con la inteligencia necesaria para dejarme con la BOCA ABIERTA (nada difícil), que me regalonee hasta el hastío y por supuesto sí o sí, que sea una chica que al menos en teoría programe en html. Si la encuentro, hago lo que sea para conquistarla. Se reciben nombres y sugerencias en el mail. Buenas tardes.

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One Comment

  1. ay! me gustó como me describiste!
    🙂


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