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Verano. 8 pm. Sensación térmica, 37 grados. Humedad 97%. Lluvia torrencial. Así estaba Baires el día que me topé con su primera tormenta. Estaba en una productora, y llegó la hora de retirarse cuando sentí los truenos y el agua que tiraban con balde desde el cielo. Esperé un rato a que amainara, y como sencillamente eso no pasó, decidí llamar un taxi.
Treinta minutos más tarde, sentí que era necesario salir y tomar el primer auto que pasara. Al intentarlo, noté que cuando llueve en Buenos Aires, llueve. Calles anegadas, autos chocando, gente con pantalones arremangados en pleno Palermo, barrio bien de esta capital. Decidí torpemente quedarme en ese lugar aún esperando que todo pasara y mi taxi llegara. Una hora. Hora y media. Llovía tan fuerte como al principio y ni señas de auto. Finalmente me armé de valor y salí. Vestía camisa delgada (era verano), y a los 3 metros ya iba chorreando agua por todas partes. En la esquina de Cabildo y Concepción Arenal pude tomar un auto que me llevara a casa. Sólo 50 metros bastaron para que me diera cuenta que cruzar un tercio de la ciudad para llegar a casa, iba a resultar una epopeya. La basura flotaba por las calles anegadas, y los colectivos mojaban la poca ropa seca de la gente que esperaba algún medio de transporte.
Un viaje que en días normales hago en veinte minutos, hoy ya iba casi en una hora, y solo dentro del auto. El problema es que no habíamos avanzado más de 10 cuadras. El señor conductor -joven y avezado- intenta una maniobra para acortar camino: se sube a una vereda en plena Avenida Santa Fé. Bocinazos y agresiones verbales surgen de las calles y él las evade con la misma fineza con la que conduce. Me siento en un estadio de abstracción, pasmado quizás por la habilidad y descaro con que aquel chofer enfrenta su trabajo en pos de un buen servicio.

taxi

Logramos finalmente entrar por una calle que a pesar de toda el agua, resistía el embate. Avanzamos unos doscientos metros hasta encontrarnos con una calle que cortaba. De ahí en más, otra historia se escribía. Una calle profundamente anegada nos desafiaba a cruzarla, con el riesgo latente de quedar entrampados entre hojas y ramas que corrían por su novel caudal, sin embargo, aquél atrevido joven de mirada profunda y decisiones claras, puso el vehículo en marcha y cuál caballero medieval, enfrento las aguas con atrevimiento y coraje. Nunca soltó el pie del acelerador, y sólo ese pequeño gesto técnico bastó para hacer frente a un nuevo obstáculo entre el clima y mi casa.
Debo deciros, empero, que ésa fue sólo la acción que desató una tempestad paralela a la que ya vivíamos en la calle, porque sus maniobras exaltaron a otros conductores de vehículos, que frente a las maniobras conductivas de este héroe del transporte de pasajeros, se vieron profundamente afectados. El agua a la que él hacia quite, ellos la recibían de lleno dentro de sus máquinas, y al cabo de unos metros, un joven con mirada desafiante, lo detuvo cruzando su auto en medio de este riachuelo callejero, para increpar mediante el asalto soez y artero, a un hombre idealista.
Agresiones verbales pues, salieron a flote desde las turbias aguas bonaerenses. Amenazas de golpes de puño, descalificaciones a los integrantes de su familia, y hasta la destrucción de un vidrio retrovisor, marcaron un episodio tenso e inquietante. La demora en estas afrentas mutuas no hizo sino más que hacer mella en el interior de la carrocería de metal que me llevaba de vuelta a casa. El agua se filtraba por las rendijas, y la preocupación de un anegamiento masivo en el interior del vehículo, nos aventuro a tomar decisiones rápidas y arriesgadas.
Nos desplazamos por calles que venían en sentido contrario, buscando rutas alternativas. El caos permitía ser rebelde, así que poco importaron las advertencias de la gente que desde fuera nos incitaba a enmendar el error cometido. Esas maniobras fueron sin embargo, las que nos permitieron salir de aquel temporal y desplazarnos por avenidas despejadas y escasamente inundadas.
Dos horas quince mas tarde, mi cuerpo íntegro y en perfectas condiciones físicas y sicológicas arribaba a casaméxico, con la satisfacción de haber recibido en esa tarde noche de verano, el mejor servicio de transporte al que un simple mortal podría acceder. Y gratis. Porque los caballeros del servicio, frente a las adversidades de un clima veleidoso, sencillamente no cobran.

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2 Comments

  1. Maestro.
    Deberíamos hacer una compilación de relatos como éste y titularlo “Epica Urbana: Cantares de gesta de la era digital” o algo así.

  2. “Algo así” me parece un título fascinante. Es menester conversarlo.


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