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Si, debo recomendarle al amable lector que se prepare. Ver una película en Buenos Aires no es como verla en Caracas, Timbuktu, Kiribati, ni muchos menos en las paradisíacas islas de Tuvalú (aunque no sé si los tuvalenses quieran tener un cine cerca). Porque venir a ver una película acá tiene el agregado del factor sociológico, ese que hace que los argentinos sean odiados en el 97,28% del planeta Tierra. Ellos son opinantes, muy críticos de lo que ven, muy informados de lo que pasa. El problema no radica en eso precisamente, sino en que todos estos elementos se conjugan mientras una Julia Roberts o un Clive Owen hacen su mejor esfuerzo en la pantalla gigante (y que esta vez vi particularmente gigante, porque estaba en la segunda fila del cine). Les agrego el contexto: en un arranque de locura (o en un esfuerzo desesperado por sacarme los fantasmas de la nostalgia de encima) quise ver “Closer”, película que aparece en cuanta parada de metro, calle, anuncio televisivo, y diario circule por esta ciudad. Es la clásica película que genera expectativa y que irremediablemente se convierte en éxito de taquilla.
La trama es más de lo mismo. Una adaptación moderna de las comedias de enredo inglesas de los 50. Una pareja que se conoce en la calle, se enganchan y al rato viven juntos. El mismo tipo, ya hastiado de la relación (Natalie Portman no es mi tipo, pero se ve muy guapa en la peli, como carajos hastiarse de ella!) conoce a otra chica y ambos se enganchan muchísimo. En la pasada, un juego de chat que termina con un cuarto personaje enganchándose y hasta casándose con la segunda chica, y de ahí en adelante lo mas predecible del mundo, idas y venidas entre ellos cuatro, lagrimas de un lado, gestos desesperados del otro, discusiones y diálogos variopintos…una lata en definitiva. Lo central aquí era que todas y cada una de las escenas iban acompañadas del correspondiente subtítulo, pero además del “comentario del espectador”: dos oligofrénicas “asistentes”, que intentaban descifrar in situ las personalidades de los actores y las situaciones que vivían. Las hice callar amablemente dos veces, obviamente sin resultado. Y como no andaba precisamente confrontacional, opté por taparme el oido izquierdo y terminar de ver la película con audio monofónico. Eso, sumado a mi inevitable actitud de espectador-hastiado-de-pelicula-mala, y que se traduce en dejar de ver la película y apreciar las deficiencias técnicas de la misma, hizo completar el cuadro ya bastante raro. Con mis amigos creamos “el efecto butaca”, recurso para no abandonar la sala, y sentir que gastaste tu dinero en algo productivo. Buscas los micrófonos que se colaron en el cuadro, los errores de foco, continuidad, fotografía, etc. Un ejercicio muy sano de hacer, pero para el que, en este particular caso, no era necesario pagar 12 pesos (unos 4 dólares).
En fin. La moraleja de este post es: no vaya a un cine en Argentina un sábado a las 8 de la noche, porque va a estar muy lleno, muy ruidoso, muy opinante. Y un extra: no le haga caso a todos los carteles que dicen que las películas son increíbles. Podría quedar inevitablemente en bancarrota. Y en no muy largo plazo.

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