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Tal cual. Naranjo, amarillo y blanco…eso es Iberia, la línea aérea que transportó a Pancho Sagredo y a mi a los increibles parajes atenienses.

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El viaje fue simplemente desastrozo (n.de la r: hubo escala en Madrid, a 12 horas de Santiago). Y digo desastrozo porque hay tres motivos escenciales que deben cumplirse para que un viaje sea agradable: uno, cuando te mueves en aviones (que no necesariamente es por placer, muchas veces por algo práctico), esperas que la máquina sea lo más cómoda posible, para que si va lleno, puedas acurrucarte de la mejor manera en tu asiento-turista-pequeño-pobre. Dos, esperas que los baños no sean ni de bus, ni de tren, ni de estadio, ni de fuente de soda. Y tres, porque adorarías encontrarte en los pasillos a sobrecargos (azafatas, aunque ellas niegan que se llamen asi), tipo Angelina Jolie, Naomi Watts, o Marcela Cárdenas (ups!)…en fin. Iberia era todo lo contrario, avión viejo que sonaba igual que tren antiguo; asientos muy incómodos y estrechos (imagínense que venia un tipo muy grande en la fila detras mio…tan mal venia que tuvieron que hacer un enroque), y lo peor de todo, sobrecargos (azafatas) tan feas y malgenios, que ganas no me faltaron de saltarme almuerzo, merienda y cena, para no verlas. Si, deben tener su lado hermoso, como todos los seres humanos que habitamos la Tierra, pero a la hora 9 de haber subido a esa chatarra, las cámaras de gases, los trenes y los ghettos no parecian tan mala idea.

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